21/11/15

F1 - La efe


He tomado la palabra fe (una f pura) como capital del territorio de esta consonante, y es a aupado a ella y tratando de limpiarla de connotaciones dogmáticas como me he guiado en esta compleja y lenta búsqueda. La clave ha sido la comprensión de que la fe (concepto anterior a cualquier religión, sin duda) solo puede ser una herramienta de búsqueda activa (un vehículo para avanzar) hacia un territorio desconocido, ajeno al estado vigente del individuo en cada momento dado. Fe como concepto y fer (‘hacer’, antiguamente) como verbo indeleblemente asociado a él, son los constructos sonoros que transmitirían sensitivamente  la actitud, disposición o impulso (en definitiva, la activación o realización) necesarios salir de la aparente comodidad de lo conocido, del estado actual de las cosas, para buscar y tratar de lograr algo que consideramos mejor pero que sabemos que está fuera de nuestra realidad, un paso más allá de lo que hasta ahora hemos conseguido, un nuevo estado a alcanzar, y como tal, siempre en el universo de lo utópico, de lo proyectado, del deseo. Fe, por tanto, tiene que ver con fuera y  sobre todo con hacer (fer) porque la fe no es una especie de don pasivo, sino, al contrario, un movimiento interno, un acto voluntarioso (acto de fe). Como tal, podría considerarse que es la base primordial de toda acción humana. La primera acción con intención y voluntad. O tal vez el componente actitudinal básico para emprender cualquier acción o expectativa de acción relacionada con lo humano y con su capacidad de ejercer el libre albedrío.
Por eso, su sonido, en especial la sílaba [fe], forma parte de la estructura (sobre todo como inicio) de verbos, adjetivos y sustantivos con un componente volitivo de índole superior. Tiene un alto grado de universalidad esta relación, pues hacer en francés es faire, en italiano facere, en portugués fazer, en árabe f’al (فعَل)
Fe es el sustantivo más corto [1] en el idioma español (está compuesto por sólo dos letras), lo que indica su inusual importancia y su pureza sonora, y dispone de un verbo, que es el verbo fiar. No olvidemos tampoco que tanto la palabra hombre como la palabra hembra contienen en su primitivo origen ese sonido f (homo – omo – fomo, fémina [femenino] – hembra – fembra), así como muchos conceptos relacionados con la familia: hijo (filium), fecundidad, falo, follar, …
Desde este punto de vista, la fe hay que considerarla como una fuerza, una forma de energía, un apoyo activo desde el que uno es capaz de tomar impulso para ir hacia lo desconocido, y que, por lo tanto, se enfrenta al miedo. Y es por eso por lo que la idea de fuerza, en español, se define como potencia dinámica, como capacidad para mover “algo o a alguien”.
Fuerza. 1. f. Vigor, robustez y capacidad para mover algo o a alguien que tenga peso o haga resistencia; como para levantar una piedra, tirar una barra, etc. No sabemos si podríamos decir lo mismo de strength (fuerza en inglés), que parece un concepto cuyos sonidos nos hablan más de cualidad intrínseca, como capacidad, como vigor, o como voluntad.
En español, el significado de fuerza, como la propia pronunciación indica, pertenece claramente al terreno de las realizaciones, de los hechos, más que al de las ideas. Expliquemos esta dicotomía: En el acto respiratorio, la aspiración está simbólicamente asociada a lo receptivo, a lo alimenticio, a lo actitudinal, al mundo de las ideas y los proyectos. Lo dice aún la propia palabra: “aspiro a ser ingeniero”. Su sinónimo, inspiración, tiene connotaciones receptivas aún más marcadas (hay que “recibir la inspiración” para crear). La espiración representaría en cambio el mundo de las realizaciones, de los actos, del verbo en el sentido bíblico. Y es cierto que (salvo esa microscópica excepción con el sonido M) solo podemos hablar mientras espiramos aire. Tiene un enorme sentido. Pues aunque creemos que podemos pensar y elucubrar cuanto queramos sin que eso provoque transformaciones en el mundo que nos rodea (digamos más bien de modo constatable y tangible), decir algo, sin embargo, “dar fe” (curiosa expresión, que literalmente es contradictoria con su significado, puesto que la fe ni se puede dar ni autentificar), o lo que es lo mismo, “pronunciarnos”, supone ya intervenir de una manera fehaciente e irreversible en la realidad. Hablar pertenece al mundo de los actos. Hay cientos de ladinos y renegridos refranes castellanos que advierten de ello.
De este modo, modulamos nuestros actos verbales no solo en cuanto a los significados conceptuales y lógicos (codificados y pertenecientes al acerbo común) que transmitimos a las mentes que nos rodean, sino también, más subjetiva e intuitivamente, en cuanto a las formas, ritmos y sinuosidades en que expulsamos dicha energía respiratoria.
Pues bien, el sonido efe es el que representa de una manera más clara y más directa la expulsión de ese aire, la acción exteriorizada, o (en la dualidad aristoteliana potencia/acto) el acto.
¡Ufff...!, exclamamos, o mejor dicho, resoplamos para conjurar y renegar de aquello que deseamos mantener fuera y alejado de nosotros, como el que se libra de algo que le tenía atrapado desde dentro. ¡Fuera! ¡Fú!
Fuerza, fama, felicidad, favor, felonía, fumar, falo, fiereza, frío... El sonido «f» nos señala inicialmente, como primera impresión, lo que por sus atributos o su esencia pertenece al mundo de fuera, al exterior, o que hay que producirlo, buscarlo, verlo, o expelerlo fuera de nosotros.
La palabra fuego es muy expresiva a este respecto. Fuego es sinónimo de combustión celular, de puesta en movimiento de cualquier aparato mecánico (incluidos los eléctricos y los electrónicos, obviamente), de activación energética de todo aquello que tiene vida. En todo lo que se mueve, transforma o modifica interviene el fuego (hasta en el viento o las mareas, pues no hay que olvidar que el sol es una ingente bola de fuego).
Todo esto me lleva a postular una idea un tanto atrevida pero enormemente sugerente: hay algo de esperanzador, de elevado en el sonido efe. Es importante recalcar que me refiero al sonido de una consonante, y no, evidentemente, al término, a la palabra, al concepto global en el que está incluido dicho sonido como uno de sus constituyentes. La palabra fetidez, por supuesto, no es nada idealista, pero sí puede contener un inicial componente emocional de sublimación, de alta expectativa (en este caso en forma de fracaso, por culpa de los sonidos que la completan). Es algo parecido a una expresión sincrética de lo humano en su sentido más evolucionado, más idealizado, más ilusionante y positivo y, en este aspecto, opuesta al sonido de la J. El fiat lux, hágase la luz, el fermento de la vida, lo inmaterial activo, el fatuum o hado, el motor primero, la acción más pura, la aspiración tal vez más inalcanzable, pero energía o impulso inmaterial hacia algo mejor.



[1] Si exceptuamos ‘yo’ como pronombre sustantivizado (‘el yo’), de usos muy restringidos.

20/11/15

F2 - Homo faber


Consecuentemente, el verbo hacer (facer o far, antiguamente) sería el más representativo de todo ello, puesto que es el que por antonomasia trasmite la idea de producir, ejecutar, realizar, darle el ser a algo, fabricar, causar, componer... Lo más representativo, sin duda, del homo faber. El porqué de que se haya modificado su pronunciación y actualmente sea un concepto que no necesita la efe es de una envergadura mayor que la que yo puedo abarcar (¿es porque ha habido una pérdida de ilusión, de confianza en lo humano y en lo divino en el hispanoparlante a lo largo de dicho proceso histórico?) Pero sí es importante reseñar que en su origen disponía de ella, y que hay multitud de derivados que, por lo tanto, la tienen aún. Como, por ejemplo, y de manera definitiva: fíat. (Del lat. fiat, hágase, sea hecho). 1. m. Consentimiento o mandato para que algo tenga efecto., o fechoría (de facer). 
Pero también están relacionados con esa rúbrica de acción pura (‘hacción’ ?) los términos que cito a continuación:
afán, afanarse
efectuar, efectivo
fehaciente
fecundo, feto
eficacia
faenar, faena
afrontar, confrontar, enfrentar
formar, conformar, reformar, deformar, informar, etc…
funcionar
fabricar, forjar, fundar
hervir (fervir), y de ahí ferviente, fiebre
fermentar,
y los siguientes sufijos, tan significativos:
-ferir interferir, proferir, referir… (16 en total) De fero,  importantísimo verbo latino que todos los que estudiamos el antiguo bachillerato sabemos que significa llevar. De él proceden conferencia, diferencia, referencia, deferencia…
-ficio          artificio, beneficio, edificio, lanificio, maleficio, oficio, orificio, pontificio, sacrificio, veneficio (Del lat. veneficĭum). 1. m. ant. Maleficio o hechicería. 2. m. ant. Aderezo, compostura, afeite. (O sea, 10 casos)
-ficiente    suficiente, coeficiente, eficiente, proficiente (16 en total)
-facto -faccción artefacto, estupefacto, facto, ipso facto, mansuefacto, putrefacto, torrefacto, tumefacto (8)
-fecto -feccionar     afecto, efecto, defecto, perfecto (13 en total)
-fectivo -fección            afectivo, defectivo, efectivo, (6 en total)
-facer         afacer, bienfacer, satisfacer… (10 en total)     
además de todos los verbos que terminan en -ficar. 1. elem. compos. Forma verbos, que significan 'hacer, convertir en, producir'. Como petrificar, codificar, etc… Este curioso mecanismo verbal demuestra que desde siempre hemos asociado el sonido efe a la idea de hacer, convertir en, o producir, pues mediante el sufijo -ficar podemos generar verbos de acción a partir de sustantivos: piedra, código… o de adjetivos: puro, justo… Hay 141 verbos consignados en el DRAE, pero en realidad, aplicando este artefacto lógico sobre otros sustantivos o adjetivos, podríamos inventar nuestras propias “conversiones”, seguros de que, aunque no pudieran ser consideradas como expresiones formalmente válidas, todo hispanohablante nos entendería: ‘suavificar’, ‘pastificar’…
A propósito de esto, tengo la intuición y propongo la hipótesis (que habrá que comprobar o rechazar) de que los verbos de acción compuestos a partir de adjetivos –en sentido amplio– (hacer duro: endurecer; volver triste: entristecer; dejar establecido: establecer) estaban en su origen conformados con el prefijo en- y el sufijo -fer, en vez del en- -cer que tenemos ahora, teniendo en cuenta que son sonidos casi idénticos [2]. Desde luego, esto es mucho más lógico desde un punto de vista semántico, incluso sin entrar para nada en el análisis que estoy haciendo aquí del sonido efe. Entristecer sería entristefer, lo que confirmaría el significado actual de “hacer triste”, sin más. Endurefer, embellefer… Es, además, el modo estándar que el hablante tiene de generar sus propios verbos de acción, y que todos entendemos aunque no lleguen jamás a la Academia de la Lengua. Coloquialmente cualquiera puede decir enlindecer, por ejemplo, para transmitir la idea de que hay que hacer algo más lindo de lo que era, aunque no sea un término de uso común ni aceptado. Hay 119 verbos con la fórmula en- (o em-) * -cer en el DRAE, más otros 82 con la variante terminada en AR, esto es; en- (o em-) * -zar (encolerizar, encauzar…). Y sólo uno terminado en -cir (enlucir).
Un número mucho más alto de casos salen si en la fórmula prescindimos del prefijo -en (o -em), que en muchísimas ocasiones no es necesario. Por ejemplo, con –cer: adolecer, humedecer, fenecer (Der. del ant. fenir, finir). 1. tr. p. us. Poner fin a algo, concluirlo. (…), fortalecer…, y cientos de ellos más. Y aún hay más con -zar: anatemizar, atemorizar, criminalizar, dinamizar, hostilizar, movilizar, pulverizar…
Lo que está claro (y tal vez lo anterior es un ejemplo más, simplemente), es que es un sonido que ha ido tendiendo a desaparecer a lo largo de la Historia, como hemos visto. Facer, fijo, fermosura, fierro, fablar…, ya no se pronuncian así. Muchas efes han enmudecido. Sin embargo aún quedan en el DRAE la friolera de 7.960 palabras que contienen una efe en alguna parte de su estructura. Sigue siendo un sonido importante en castellano.
Para rastrear aún más posible derivaciones de hacer, exploraremos también casi todas las palabras que empiezan por fer.

fer. 1. tr. desus. Hacer.
-fero. (Del -fer, -ĕri, de la raíz de ferre, llevar).1. elem. compos. Significa 'que lleva, contiene o produce'. Mamífero, sanguífero.
feracidad. 1. f. Fertilidad, fecundidad de los campos.
feral. 1. adj. desus. Cruel, sangriento.
feraz. 1. adj. Fértil, copioso de frutos.
feria. 1. f. Mercado de mayor importancia que el común, en paraje público y días señalados. (…)
ferir. (ant.) herir.
fermentar. 2. intr. Dicho de los ánimos: Agitarse o alterarse.
fermoso. 1. adj. desus. hermoso.
feroz.
ferrar. 1. tr. Guarnecer, cubrir con hierro algo. 2. tr. ant. herrar. 3. tr. ant. Marcar o señalar con hierro.
férreo
fértil
férula. 2. f. Autoridad o poder despótico. Estar uno bajo la férula de otro.
ferviente. 1. adj. fervoroso. 2. adj. p. us. Que hierve.
fervor. 1. m. Celo ardiente hacia las cosas de piedad y religión. 2. m. Entusiasmo o ardor con que se hace algo. 3. m. Calor muy intenso.4. m. ant. hervor.


[2] Matías Prats (padre), el veteranísimo locutor de radio y televisión, explicaba que, como le resultaba imposible, por problemas bucofaríngeos, pronunciar los sonidos za, ce, ci, zo y zu utilizaba sistemáticamente, en su lugar, la efe, y nunca nadie lo notó. Decía, por ejemplo: “la defisión del árbitro”, “el Felta de Vigo”, o “un remate de cabefa”… 

19/11/15

F3 - Faz, fascinación, fascismo

Quiero ahora hablar de un tema curioso, aparentemente un tanto lateral pero que quizá pueda aportar algunas luces al tema de la efe. Comencemos con la palabra  faz. 1. f. Rostro o cara. 2. f. Superficie, vista o lado de una cosa. 3. f. anverso (de las monedas y medallas). 4. f. pl. ant. mejillas. La faz es la parte más externa de uno, desde el punto de vista de la identidad. La que exhibimos (o la que hacemos visible). La parte que da la cara. Al igual que la cara de la moneda es el anverso, la más fehaciente. Damos la cara, o la frente: afrontamos los problemas. afrontar. 1. tr. Poner cara a cara.2. tr. Hacer frente al enemigo.3. tr. Hacer cara a un peligro, problema o situación comprometida... Cf. también: fas: del latín, justo, lícito, en oposición a nefas: injusto, ilícito. fazferir. (Del lat. facĭem ferīre, herir en la cara).1. tr. ant. Echar en rostro a alguien una acusación o un cargo, hiriéndole con él como si fuese con una cosa material. fechoría. (Del ant. fechor, el que hace algo, y este del lat. factor, -ōris). 1. f. Mala acción. 2. f. travesura (acción maligna e ingeniosa).Curiosamente, de ahí podría venir fascio, fascismo, y  también fascinar (no olvidemos que el fascismo sedujo más que por otra cosa, por una atracción estética, pues disponía de un fondo moral e intelectual más bien pobre). fascinar. 1. tr. Engañar, alucinar, ofuscar. 2. tr. Atraer irresistiblemente. 3. tr. Hacer mal de ojo.
Ese impulso patrio y masculino, activo agresivo, o, mejor dicho, de una violencia que para muchos pudo llegar a ser tan seductora en momentos de miedo y de crisis, tan exteriorizable en sus formas, en sus fastos, tan espectacular en sus maneras, era el rostro común, el aspecto formal y colectivo (las facciones) que mayoritariamente la ciudadanía más desesperadamente ofuscada deseó ver al mirarse en el espejo en ciertos momentos difíciles de la Historia de Europa. Quizá porque en sus proclamas introdujeron grandes dosis de esperanza en el Nuevo Hombre y de búsqueda de una espiritualidad perdida (según sus propios criterios ideológicos) que, no lo olvidemos, al principio subyugó a muchas e importantes personalidades de todo el mundo. Un misticismo y unas ansias de regeneración pero en su aspecto más soliviantado, aspaventoso y vengativo. Y aparente. En este sentido no hay que olvidar también: facha. (Del it. faccia). 1. f. coloq. Traza, figura, aspecto. 2. f. coloq. Mamarracho, adefesio (esta segunda acepción es, sin duda, ridiculizante) fachada. 2. f. coloq. presencia (talle, figura). fachadismo.1. m. Nic. Política administrativa gubernamental que se contenta con aparentar que actúa. fachenda. Vanidad, jactancia.
Habría que acudir a los orígenes del imperio Romano, a su simbología, y en especial a la alegoría de las fasces para entender todo este proceso de significación. fasces. (Del fasces, pl. de fascis, haz).1. f. pl. Insignia de los cónsules romanos, que se componía de una segur [hacha] en un hacecillo de varas.
El fasces era un haz de 30 varas (una por cada curia de la antigua Roma) atadas de manera ritual con una cinta de cuero rojo, formando un cilindro alrededor de un hacha (…) símbolo de la autoridad de su imperium y su capacidad para castigar y ejecutar. (Wikipedia) Pero no nos engañemos. El principio de autoridad tiene siempre un mismo origen:"(…) aludiendo a la costumbre antigua de los romanos, que los lítores que hazían este oficio llevavan unas achuelas o segures atadas con unas coyundas en medio de unas varas verdes, con las quales açotaban al delinquente, atándole manos y pies con la coyunda; y si avía de executar pena de muerte le descabeçaba con la segur. Este fue siempre oficio infame. En tiempo de Cicerón, (…) estaba ordenado que estos tales viviesen en los arrabales fuera de la ciudad." (Tesoro de la lengua, Covarrubias) También es interesante constatar que el fascismo en España fue importado y desarrollado por la Falange, y que la agencia internacional de noticias de origen franquista (Francisco Franco tiene dos efes, por cierto) fue llamada, desde el principio Agencia Efe, en su honor.
Evidentemente, no tratamos en modo alguno de asociar irrevocable o univocamente el sonido efe al fascismo, pero sí señalar que esta consonante posee una faceta sonora, un específico matiz vibratorio de tal peso e importancia que alrededor de las sílabas iniciales faz o fas se han reunido, como vemos, un gran número de conceptos relacionados más o menos directamente con esta ideología y que, por lo tanto, al hablante le ha sido posible establecer de modo intuitivo y sensorial la correspondencia ideológico-sonora entre sonido y significado conceptual que analizamos aquí. Aportaremos unos ejemplos más:
facineroso. (Del lat. facinerōsus).1. adj. Delincuente habitual. U. t. c. s.2. m. Hombre malvado, de perversa condición.Y la ya citada, facción. Parece como si en este término se compendiasen todos los significados ya reseñados: facción. 1. f. Parcialidad de gente amotinada o rebelada. 2. f. Bando, pandilla, parcialidad o partido violentos o desaforados en sus procederes o sus designios. 3. f. Cada una de las partes del rostro humano. U. m. en pl.4. f. p. us. Acto del servicio militar, como una guardia, una patrulla, etc. 5. f. desus. Acción de guerra. 6. f. ant. hechura. 7. f. ant. Forma y disposición con que algo se distingue de otra cosa. (Subr. míos) 
Podría llegar a pensarse, pues, que el fascismo representó una forma de acción (una reacción, sería mejor decir, y en este sentido lo mostraríamos como una continuación de los anteriores movimientos reaccionarios), un movimiento de escape oculto tras una aparente acción de avance, una huída hacia delante, un hacer desmesurado (frente a la famosa y sabia no-acción taoísta [1]), desproporcionado, que escondía bajo su prepotente y grandiosa fachada humanista una inmensa desesperación y un oculto pánico a la crisis no solo económica, sino moral, filosófica, etc… que sacudió al mundo a lo largo de todo el segundo tercio del siglo XX, décadas antes y después del momento crucial (1946 ??) en que por sí solos los peces comenzaron a saltar de los ya muy turbios ríos para ir a parar a los transparentes acuarios, con toda la confusión que tal cosa supuso y aún supone.



[1] Cf. Tao Te King, de Lao Tse, Ed. Ricardo Aguilera, Madrid, 1973.

18/11/15

F4 - F + F

Veamos ahora, como siempre, cómo la duplicación del sonido efe produce también aquí una ridiculización por excesiva redundancia del efecto original. En este caso relacionada con acciones y gestos confusos, aparatosos o impotentes (excepto en fósforo, elemento importante relacionado con el fuego).
F+F   (no todas)
afufar. (De fufar; cf. hacer fu). 1. intr. coloq. huir (ǁ alejarse deprisa).
fanfarrón. (Quizá del  *farfál o  *farfár, y este der. del  clás. farfara, romper, desgarrar). 1. adj. Que se precia y hace alarde de lo que no es, y en particular de valiente. U. t. c. s. 2. adj. Dicho de una cosa: Que tiene mucha apariencia y hojarasca.
fanfarria
. 1. f. Conjunto musical ruidoso, principalmente a base de instrumentos de metal. 2. f. Música interpretada por esos instrumentos. 3. f. coloq. Baladronada, bravata, jactancia.
farfallón
. 1. adj. coloq. Farfullero, chapucero.
farfolla. 1. f. Espata o envoltura de las panojas del maíz, mijo y panizo. 2. f. Cosa de mucha apariencia y de poca entidad.
farfullar
. 1. tr. coloq. Hablar muy de prisa y atropelladamente. 2. tr. coloq. Hacer algo con tropelía y confusión.
farfantón
. 1. m. coloq. Hombre hablador, jactancioso, que se alaba de pendencias y valentías.
féferes
. 1. m. pl. Col., Cuba, Ecuad. y R. Dom. Bártulos, trastos, baratijas.
filfa
.1. f. coloq. Mentira, engaño, noticia falsa.
fifar. 1. intr. coloq. Ven. Dicho de una cosa o de una persona: Dejar de funcionar. Ésta es muy significativa.
fifí. 1. m. Arg., Hond., Méx. y Ur. Hombre presumido y que se ocupa de seguir las modas. En Uruguay, u. t. c. f. apl. a la mujer. 2. m. El Salv. y Ur. U. en aposición para calificar a la persona presumida, que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada.
fifiriche
. 1. adj. Ecuad., Hond. y Méx. raquítico (ǁ muy delgado). 2. adj. Ecuad., Hond. y Méx. Dicho de una persona: Que se ocupa mucho de su arreglo personal.
firifiro. 1. adj. coloq. Ven. Dicho de una persona, de una planta o de un animal: Menudo, delgado, débil.
fofo. 1. adj. Esponjoso, blando y de poca consistencia.
forofo.1. adj. coloq. hincha.
fósforo
. (Del lat. phosphŏrus, y este del gr. φωσφρος, portador de luz). 1. m. Elemento químico de núm. atóm. 15. Muy abundante en la corteza terrestre, tanto en los seres vivos como en el mundo mineral, se presenta en varias formas alotrópicas, todas inflamables y fosforescentes. Además de su importancia biológica como constituyente de huesos, dientes y tejidos vivos, se usa en la industria fosforera, en la pirotecnia, en la síntesis de compuestos orgánicos y, en forma de fosfatos, entra en la composición de fertilizantes agrícolas y detergentes. (Símb. P). 2. m. Trozo de cerilla, madera o cartón, con cabeza de fósforo y un cuerpo oxidante, que sirve para encender fuego. 3. m. lucero (ǁ planeta Venus). 4. m. Meollo, entendimiento, agudeza, ingenio.
frufrú
. 1. onomat. U. para imitar el ruido que produce el roce de la seda o de otra tela semejante.
fufurufo. 1. adj. coloq. El Salv. y Hond. Dicho de una persona: Que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o se cree superior a los demás. U. t. c. s. 2. adj. El Salv. Que finge ridículamente ser de clase social alta.
refunfuñar
. (Voz onomat.). 1. intr. Emitir voces confusas o palabras mal articuladas o entre dientes, en señal de enojo o desagrado.
rifirrafe
. (De or. onomat.). 1. m. coloq.
Contienda o bulla ligera y sin trascendencia.

30/7/11

Ñ 1 · El sonido EÑE

Estoy tentado de empezar esta aproximación a la eñe tratando de introducirme en ‘sueño’. Pero intuyo que, aún siendo una ciudad importante, ‘sueño’ no es la capital del reino de la EÑE. Es posible que hasta mucho más adelante no sepa cuál es la capital, o tal vez que no lo averigüe nunca. ‘Año’ no es lo suficientemente universal y ‘seña’, ‘señal’ o ‘signo’ creo que son demasiado recientes —habrá que verlo—. ‘Niño’ es importante, y también ‘señor, señora’. Pero lo lógico sería pensar en una acción, en un verbo, y en ese caso me viene inmediatamente a la cabeza la palabra ‘añorar’.

¿Por qué tengo que encontrar la capital? Porque necesito acoplar la música de la palabra a mis sensaciones, y es mucho mejor encontrar músicas con el mayor número de resonancias posibles. Es mucho más potente su influjo. Ahora estoy pensando, sin embargo, que el objetivo final de este trabajo es hallar la sonoridad esencial de la Ñ aplicada a diversas palabras básicas, pero no más importantes unas que otras. La energía del sonido es demasiado pura como para que esté contenida por completo en un concepto. Sólo podemos aproximarnos a diversas facetas, manifestaciones parciales (¿infinitas?) de su esencia. Tal vez el concepto de capital me ha servido durante una época, y ya no es válido. Pero no importa. Dejemos las reflexiones formales para más adelante. En todo caso, he dado con una palabra que me parece fundamental:
Entraña. Ya sé por qué me gusta, por qué me suena tan intensamente la ñ en esta palabra. Además de ese sonido en la tercera sílaba, la primera parte, ‘entr’ indica algo interior, algo dentro. La ñ dentro. O sea, es una reduplicación. Si el sonido ñ indica, según mi hipótesis, energía guardada, energía en estado de condensación pero no activa hacia fuera, un núcleo (¡ojalá fuese “ñúcleo”!) central débil y fuerte a la vez, desconocido, reconcentrado, básico..., si la ñ es la energía vital oculta en el núcleo, entonces las palabra ‘entraña’ es una magnífica representación sonora de todo ello.
El DRAE [1] dice: ‘Entraña’. (Del pl. n. lat. intranea, intestinos.) Cada uno de los órganos contenidos en las principales cavidades del cuerpo humano y de los animales. Nótese que, hasta aquí, el término hace referencia a algo bastante frío, conceptual. Órganos, casi objetos fisiológicos. En este sentido, es homónimo de ‘víscera’. Lo busco en el mismo diccionario y ¡aleluya! ‘Víscera’. Cada uno de los órganos contenidos en las principales cavidades del cuerpo humano y de los animales. Entraña.
¿Pero cuál es la diferencia entre ‘entraña’ y ‘víscera’? Si no hubiese diferencias importantísimas, ¿para qué iban a existir dos palabras que, conceptualmente significan exactamente lo mismo? La diferencia es la parte connotativa que el sonido de la música de cada una ha despertando en el hablante y que (en uno de los casos) ha llegado a crear expresiones tan universales que incluso vienen recogidas bajo el epígrafe de frases adverbiales en un libro que llamamos diccionario, como ahora veremos. ¡Casi nada! ‘Víscera’, en el DRAE, termina ahí. A pesar de la fuerza de esa esdrújula, de esa V inicial, de esa SC que, por un lado corta como un cuchillo y, por otro, hace patente lo resbaloso, lo tumefacto de lo que describe, no ha generado tantas expresiones emocionales como ‘entraña’. Esas que, en los diccionarios aparecen detrás de la abreviatura “fig.”, o sea “en sentido figurado”. Veamos lo que el pueblo le ha añadido a entraña: “2. Lo más íntimo o esencial de una cosa o asunto. // 3. pl. fig. Lo más oculto y escondido. (...) // 4. fig. El centro, lo que está en medio. // 5. fig. Voluntad, afecto del ánimo. // 6. fig. Índole y genio de una persona (...) Hacer las entrañas a una criatura. fr. fig. y fam. Darle la primera leche. (...) Sacar la entrañas a uno. fr. fig. y fam. Sacarle el alma.
Se ha emparentado, hermanado, ‘entrañas’ con ‘alma’. Curioso, ¿no?
Por otra parte, me está pareciendo cada vez más evidente que lo que sucede con esta palabra en España pudiera ser paralelo a lo que en México ha sucedido con la palabra ‘madre’. La pena es que en el DRAE no vienen todas las acepciones latinoamericanas (¡y debería!) [2]. Pero puedo asegurar que a mí alguien me ha dicho en  actitud muy amenazadora, en Tuxla Gutiérrez, México, “te voy a partir la madre”, y sé que se refería a algo muy profundo dentro de mí. A mi alma, seguramente.
Entrañas, “dentro de las añas”, dentro de la ‘eñe’.
En definitiva, intranea (palabra latina de la que procede ‘entrañas’, o en singular, intraneus), en mi cochambroso diccionario Spes de bachillerato es “interior, privado.” Para nosotros, simplemente, “lo de dentro”.
Extraño -a, lógicamente es lo contrario. Lo ajeno. La primera acepción del DRAE dice que (...) contrapónese a propio., y la cuarta: 4. Dícese de lo que es ajeno a la naturaleza o condición de una cosa de la cual forma parte. 
Aña dice el DRAE que es ‘nodriza’ en Álava. Y el diccionario de eusquera Elkar da ‘aña’. 1. Niñera, aya, tata. 2 Nodriza. ¿Hay algo más entrañable y afectuoso para un niño que una aya? Y la terminación en -aña, -año es un sufijo de sustantivos y adjetivos procedentes del latín: ‘soterraño’, ‘extraño’, ‘entraña’...
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Pero visitemos otras ciudades, deteniéndonos en cada una lo que nos apetezca:
Coño. No me queda más remedio ahora que meterme en la palabra ‘coño’ porque, suene o no suene así, es conceptualmente, o mejor dicho, semiológicamente, precisamente una buena descripción de ese núcleo, en el universo de lo sexual.
‘Coño’ tiene otras músicas. Esa K al principio la hace muy dura, muy popular. Es rotundo el comienzo de la sinfonía COÑO. La hace tan terrestre... Y las dos “oes”. Dos “oes” en una palabra bisílaba la convierten en casi un objeto. Algo que cojo, que toco, que sobo, que como, que follo. Es un término, indiscutiblemente, de uso casi exclusivamente masculino.
¿Qué diferencia hay entre CONO y COÑO. Aparentemente, abismal. ‘Cono’ no tiene pelos, ni tiene una llamada, una voz interna, imantada, que hace que te centres en lo que contiene, en el interior, porque cuando uno dice CONO está refiriéndose a la parte externa, a la figura geométrica pura, pulimentada, al sombrero de hada, al tejado de la torre. Lo interior del cono no es algo que aparezca en la palabra, a no ser que se diga que es un cono invertido, que ya recuerda más a ese otro cono que es el embudo. ‘Coño’ tiene ya el misterio de algo profundo y desconocido que habita en su interior. Un cono misterioso.
“¡Coño!” es, curiosamente, una de las interjecciones más usadas en nuestro país. Y tiene una Ñ.
Maña. “Tener maña” es tener mucho más que habilidad. Es algo más intrínseco de la persona, más consustancial. “Más vale maña que fuerza”, dice el dicho. La maña tal vez se aprenda, pero es un aprendizaje vital, basado en la experiencia, en la dureza de la vida, en la sabiduría manipulativa y manipuladora, actitudinal. Un tipo mañoso es mucho más que “un manitas” (que un tipo ¿“manoso”?). Y además, se pueden amañar las cartas, los tratos, los juicios... La maña se lleva en la sangre, como la mafia o la zafia.
Se me ocurre asociar ‘maña’ a algo mío, o algo miño (gallego). Ese egoísmo que tiene la maña, está en miño.
Aquí la N y la Ñ puede que estén más relacionadas: algo tiene que ver la ‘maña’ con la habilidad manual, por lo menos en su origen. Y Corominas [3] también asocia ‘maña’ con “manía: maña hecha hábito” en los animales.
Artimaña: (arte + maña)
Añagaza. (Del árabe an-naqqaza, la caza.) Señuelo para coger aves.
España. Y también Cataluña, y también los maños, y los extremeños, y los montañeses de Cantabria...
El famoso misterio entrañable de España está en esa letra Ñ de su nombre, que en inglés nos lo han quitado: tan ajenos ellos a todo este drama unamuniano (a ellos nunca les podrá doler España). Aunque, bien pensado, no es tan radicalmente diferente Spain. Así, simplemente escrito suena a jabón de tocador, o a luz brillante. Sin embargo, como lo pronuncian ellos (“spein”), les suena a dolor (pain), a pena. Pero hay demasiadas evidencias sonoras y poca profundidad. Demasiado efímera parece esa tragedia llamada “spein”. Estaría mucho más claro para los anglosajones si fuesen capaces de pronunciar (y por lo tanto de entender) el sonido Ñ. Nos conocerían más, como nos conocen los franceses o los italianos, o los rusos, aunque estén más lejos. Y de una manera más intuitiva, menos plana, cosificada.
Los fascistas, nacionalistas, ultramontanos, dicen “¡Vivas... paña!”, y la P y la Ñ son su fuerza de disparo y de quejido, de puñetazo y de llanto, respectivamente. Su paño de lágrimas.
Cariño. Por ejemplo, ¿cómo modula la Ñ, aquí en la tercera sílaba, la trayectoria sensorial ya iniciada en CARI? Para ello tenemos que tratar de identificar mínimamente lo que nos trasmiten las dos primeras sílabas. ‘CARI’, indudablemente, ya posee unas connotaciones afectivas claras: Cor-coris es ‘corazón’, de ahí ‘querido’, ‘caro’,‘cordial’, ‘acuerdo’... Pero es más amable aun con la A en lugar de la O, y con esa I al final, que reduce y suaviza siempre las emociones, las infantiliza. CARI, ya de por sí transmite algo amable y tierno, como ‘caricia’, ‘carita’ (dim. de ‘cara’), ‘caridad’... En italiano carino -a es ‘bonito -a’. Bien, ¿que hace la Ñ, pues, con ese bagaje previo, tan delicado? Lo hace suya, es decir, lo hace del hablante, lo introduce en lo más profundo de su ser, en sus entrañas, y lo convierte en un sentimiento propio, personal, íntimo, activo en su seno —no aún hacia el exterior—. Lo guarda en su interior.
Comparemos ‘Cariño’ con algo parecido en lo formal. Carroño (DRAE. Podrido, corrompido), o carroña (2. fig. Persona, idea o cosa ruin y despreciable), son otro cantar. Aquí ha desaparecido esa I amable y se ha convertido en O, y, sobre todo la R simple se ha convertido en RR fuerte (en el siguiente capítulo hablaremos sobre este sonido). Caro, según Corominas, es en italiano ‘carne’. No es de extrañar que para la carne putrefacta se haya reduplicado esa R. (Carro3 o carra: En Álava: Podrido, pasado.) Por lo demás, en este caso, dado ese material tan potente, tan activo, tan denso, la Ñ subsiguiente cumple una función de añadirle un reforzamiento emocional, le da una intensidad sensitiva interior, le da incluso el sentido nasal del olfato. No pocas eñes indican asco.
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Ahora pasaremos rápidamente por algunas de las más importantes palabras en donde se puede intuir, en muchas ocasiones sin necesidad de comentarios, la función de la ‘eñe’ como la he definido. Recordemos: energía reconcentrada, energía en estado de condensación y muy activa, pero no hacia fuera.
Beleño. Planta narcótica. “tal vez del latín venenum.
Bisoño. (Corominas:) Soldado nuevo. Nuevo en un oficio, inexperto. Del italiano bisogno ‘necesidad’, aplicado por los italianos en el S. XVI a los soldados españoles recién llegados a Italia, probablemente por lo mal vestidos que iban, como reclutas allegadizos. Besoin en francés es “necesidad”.
Boñiga.
Buñuelo. Rellenos de aire o de crema.
Calaña. 2. Índole, calidad, naturaleza de una persona o cosa.
Cañí. De raza gitana. (“España cañí”, casi nada).
Caña, cañón, canuto. Las cañas y todos su derivados, hacen, fundamentalmente, alusión a su característica de ser huecas. ‘Caña’, popularmente se utiliza también en otro sentido: incitar, provocar, excitar, y golpear (“dar caña”, “meter caña”)
Carantoña. Muy emocional.
Cizaña. Lo malvado, lo venenoso en el interior de lo sano.
Constreñir. Especialmente expresiva esta palabra, ¿no? No es que algo apriete, estruje, estreche desde el exterior, es que comprime por dentro.
Cuña. Parecido efecto. Algo entra hasta el fondo, para luego poder sacarlo o fijarlo ahí.
Dañar. El estropicio queda dentro, en la estructura básica.
Desdeñar.
Desentrañar.
Diñar, diñarla. Morir. Popular y fuerte. Por lo visto viene del caló, y significa ‘entregar’. Se entrega el alma.
Empeñarse.
Enfurruñarse.
Engañar.
Escudriñar.
Estreñido
Gañido. Aullido del perro cuando lo maltratan.
Gazmoñería. Afectación de modestia, devoción o escrúpulos.
Greñas. 2. Lo que está enredado y entretejido con otra cosa, y no puede desenlazarse fácilmente.
Gruñido. 2. Voz ronca del perro u otros animales cuando amenazan. (Pero aún no atacan.)
Guiño. (...) Hay en el gesto una oculta complicidad emocional que puede llegar a ser muy intensa. Un guiño (un aviso en el momento oportuno) puede haber salvado una vida en una situación dramática, y también un guiño (una discreta señal de seducción) puede haber unido dos vidas hasta entonces desconocidas.
Guiñapo. Muñeco con paja en las tripas.
Huraño. Hurón solitario, sombrío y triste. La connotación que produce la palabra es, “triste y reconcentrado, encerrado en su propio mundo”
Jiñar. Cagar. No viene en el DRAE, pero todo el mundo en este país la conoce. Corominas sí la cita, como gitana, para explicar el origen de la palabra ‘jindama’ (miedo). Para ver la relación con las interioridades propias, hay una expresión, ya en desuso, que es muy plástica: “hacer de vientre”. La utilizábamos de pequeños en el cole, como fórmula socialmente aceptable. Sería, por cierto, interesante estudiar todas esas expresiones escolares. Como anécdota, me contó una amiga que iba a un colegio de monjas irlandesas que en su clase siempre se decía poniéndose de pie: “Me hago pis”, y la hermana te dejaba ir al lavabo sin más. A cualquiera podría extrañarle la llaneza, incluso la inelegancia de la expresión para las señoritas alumnas de un colegio de lo más finolis. Hasta que un día, pasados algunos años, se enteró que lo que en realidad decían todas era “May I go, please?” (“¿Puedo ir, por favor?”) Los británicos siempre tan elipsistas.
También, y más antiguo, es eso de “hacer de cuerpo”, que me parece ya una salvajada.
Maraña. Desentrañar la maraña.
Migraña. Sólo ya por el sonido, una cefalea, a su lado, se queda en algo tan inocente y suave como un juego de niños.
Moño. No deja de ser un ovillo de pelo.
Muñir. 2. Concertar, disponer, manejar las voluntades de otros.
Ñoño. La exageración de la eñe. La eñe elevada al cuadrado. Ésta es una de las poquísimas palabras que comienzan por eñe. Excepto ésta y otras dos o tres, la mayoría (la cincuentena restante que aparece en el DRAE —debe de haber muchas más) son de origen latinoamericano. No cito lo que da el DRAE de ella porque no estoy de acuerdo. Ñoño, para mí es cursi, blandengue, sensiblero. Ñ+Ñ
Ordeñar.
Patraña.
Pergeñar.
Plañidera.
Ponzoña. Emponzoñado. Muy expresiva. El veneno reconcentrado, o bien introducido dentro del organismo. Da miedo y repugnancia la palabra.
Preñar, preñada. ¿Hay que decir más?
Puño, puñado, puñal. Un puño es una mano cerrada.
Rapiña.
Redaños. Fuerzas, bríos, valor. ‘Cojones’, en una palabra. O ‘entrañas’.
Regañar.
Reñir.
Roña. La suciedad bien metida en la piel, o en cualquier superficie.
Roñoso. Hay que rascarse los bolsillos para no ser tacaño. La roña, por otra parta, es esa suciedad bien incrustada, difícil de sacar.
Saña. Fortísima.
Tacaño.
Tañer. El tañido de la campana, por ejemplo. Tiene la palabra su propia sonoridad profunda.
Teñir. Cambia una de las esencias de algo, y dentro del tejido mismo: el color.
Terruño. Suele tener un uso muy emotivo esta palabra.
Tiña. ¡Si la envidia fuera tiña!
Triquiñuela.



[1] Diccionario de la Real Academia. 21ª Edición. En adelante, DRAE.
[2] Esto está escrito antes de la aparición de la vigésima segunda edición del DRAE, que sí las incluye.
[3] Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, 1983

29/7/11

Ñ 2 · A+Ñ

Hagamos ahora una simple prospección, para no sumergirnos en los 2.747 términos distintos (no entradas) que, según el DRAE en CD ROM hay en el diccionario. Para ello, nada más imparcial que tomar las eñes que aparecen en la A, en la primera letra. Se puede decir que, en principio, he elegido las más importantes, las más utilizadas, aunque incluyo la lista de las 81 palabras que he encontrado, página por página, en el Casares [1], que es un diccionario más antiguo que La Tana.

Acompañar. Ya sé que habría que remitirse directamente a ‘compañero –a’, o a ‘compañía’, pero a veces los verbos aportan algo extra por el hecho de ser una acción. Y, por otro lado, nos permiten apreciar su estructura formal, es decir cuáles son las partículas que forman la base y cuáles podrían ser añadidos (prefijos o sufijos no gramaticales) que la adornan. Así, observamos que existen otros verbos (en los sustantivos es más difícil rastrearlo, porque se han conformado de otro modo) que terminan en PAÑAR, como ‘apañar’ y ‘empañar’. Podríamos colegir, entonces, que ‘pañar’ es la sustancia principal y A, EM y ACOM (tal vez originariamente COM o CO) son prefijos que producen variaciones sobre la misma base original. La cuestión es que no sabemos qué podría significar ‘pañar’.
Corominas dice de la etimología de ‘acompañar’, o de ‘compañero’, algo relacionado con personas que comparten el mismo pan. Me gusta. El problema es que tanto ‘apañar’ como ‘empañar’ los remite a ‘paño’.
En cualquier caso, no me preocupa tanto la etimología de las palabras como los componentes emocionales que portan en su sonido, en su música, como ya dije. Y esto solo puedo hallarlo de una manera intuitiva. Cuando Miguel Hernández escribe: “Compañero del alma, compañero”, en su elegía a Ramón Sijé, creo que está haciendo vibrar esa cuerda con mucha intensidad. Compañero es mucho más afectuoso, más íntimo que amigo, o al menos, más profundo, aunque la amistad sea algo más duradero tal vez. Un compañero, podría decir yo, es alguien con el que comparto la EÑE.
Más contractual, parece. Más en cada presente, como cuando se convive en un largo viaje. No en vano los anarquistas han utilizado la palabra compañero o compañera en sustitución de esposo o esposa, palabras éstas que dan más idea de unión permanente (hasta que la muerte los separe, que se dice). Los maoístas, sin embargo, que deben de preferir la fidelidad (ideológica) hasta el final, utilizaban el término “compañero de viaje” para referirse a alguien válido sólo mientras dure el viaje hacia la revolución, un colaborador circunstancial, a la larga no demasiado fiable. Así les fue a los maoístas.

Acuñar. Poner el cuño o troquel con el que se sellan la moneda, las medallas y otras cosas análogas. Impresión o señal que deja este sello.
Quiero subrayar la diferencia ostensible que hay entre ‘acuñar’ y ‘acunar’, para los que aún tengan la tentación de asimilar automáticamente la eñe a la ene. Hay muchísimos otros ejemplos que demuestran las enormes diferencias (y que ilustran acerca de sus particularidades), como por ejemplo entre ‘pena’ y ‘peña’, ‘mono’ y moño’, ‘anejo’ y ‘añejo’..., por poner solo unos ejemplos.
Acuñar es dejar una impronta en el seno de algo; es poner una firma personal (o un signo representativo) en el duro metal. Se acuña con fuego, se penetra en la materia y la marca queda indeleble. Estamos, pues, ante una acción que sugiere dotar de identidad, de significado, de vida propia a algo que era anónimo e inerte.
A lo mejor, ahora que lo pienso, tampoco está tan alejado esto de ‘acunar’.

Adueñarse. Es el acto de tomar posesión de algo que anteriormente no era propiedad de uno. Se refiere a ese instante, tal vez fugaz (robo, apropiación) de uso de la fuerza, de habilidad, de maña, en que el sujeto ‘se hace con’ el objeto o la situación. Un golpe de mano.
En cierto modo se puede asociar perfectamente con apañar: Recoger y guardar alguna cosa. Asir. Apropiarse, con ‘apañuscar’ (preciosa palabra, con la explicación del Casares): Coger y apretar entre las manos alguna cosa, ajándola, y con apuñar o apuñear: Apretar la mano para asegurar lo que se lleva (naturalmente, en el puño). Hemos pasado, pues, de lo general a lo particular o, mejor dicho, de lo abstracto en el acto de poseer (adueñarse) a lo concreto (apuñar), y todavía podemos ir más dentro (o más abajo) en la connotación que hay en ese hacerse dueño, guardar para sí, con la expresión arrebatiña: Acción de recoger precipitadamente alguna cosa cuando son varios los que pretende apoderarse de ella. Todo es meter para dentro, con distintos estilos y en distintos ámbitos, ¿no? Y en todos los casos veo implicaciones arteras.
Por otra parte, en adueñarse no podemos dejar de hacer referencia a la palabra dueño. Baste decir que en la lírica amorosa, “mi dueña” era mi enamorada. El DRAE dice de dueño: (Del lat. dominus. El que tiene dominio o señorío sobre persona o cosa. (...) Es fantástico: dominus es ‘señor’ y, evidentemente, ha producido también dominio, dominar (y domeñar, que es más, que es someter por la fuerza a alguien que se resiste). Pues bien, ‘dueño’ parece que junta esos dos significados.
Además, para mí, tiene más carga personal, hay implicadas más vísceras en el hecho de ser dueño de algo o de alguien que en el hecho de poseer, tener, disfrutar de.

Alimaña. Viene de animalia, según Corominas (“los animales”, en latín), pero quedó para uso solamente de los animales perjudiciales. Es curioso lo que pasa con la evolución de las palabras. La eñe le da al concepto de animal un carácter intrínsecamente perverso. Y así se emplea también en sentido figurado: llamar alimaña a una persona es calificarla de malvada, pero malvada sin sentimientos, cruel o despiadada. Una alimaña lleva el mal tan dentro, forma parte tan de su esencia, que uno pierde el tiempo depositando en ella la más mínima confianza.
Tampoco debemos pasar por alto el componente de habilidad maligna que sugieren las dos últimas sílabas de ‘alimaña’, y a las que ya me referí anteriormente.

Añadir. Tenemos que el origen es addere, del verbo addo. Additum es adición, suma. En todo caso podía haberse convertido simplemente en ‘adir’, verbo sólo utilizado en la terminología legal para referirse a la aceptación de una herencia, y en Aragón (distribuir, repartir equitativamente), que no tienen mucho que ver con el concepto ‘añadir’.  Y sin embargo esa raíz ‘adi-r’ está presente en palabras como aditamento, adición o aditivo.
Corominas ha encontrado su uso por primera vez hacia 1.140 bajo la forma primitiva de ‘eñadir’. Nos viene al pelo, ¿no?. Eñe-adir.
No puedo dejar de sugerir una idea, de nuevo basada en la ciencia de la intuición: si tuviéramos que definir plásticamente las acciones de cada uno de los siguientes verbos, en apariencia sinónimos, comprobaríamos que la nota eñe es crucial para establecer diferencias:
adjuntar   sumar    adicionar    agregar    añadir
Los tres primeros, desde luego, podrían describirse como acciones de colocar un algo al lado de otro algo para luego poder considerar al conjunto como un todo. ‘Agregar’ también, aunque parezca menos claro: agregar: Unir o juntar una persona o cosa a otras. Y gregario: se dice de los animales que viven en rebaños o manadas. O sea, unidades indisolubles excepto si el conjunto se considera como unidad.
Sin embargo, ‘añadir’, para mí, tiene connotaciones de algo que se agrega a un todo para ser mezclado en su seno y conseguir un nuevo todo transformado. En este sentido, se utiliza, lógicamente, en el arte culinario, en la química... Bien es verdad que no exclusivamente, porque se emplea también en todo tipo de situaciones como sinónimo de adjuntar y de agregar.
En el arte culinario, se utiliza también el verbo aliñar: Casares: Preparar, aderezar, condimentar. Hay otra acepción que da este mismo diccionario y que también concuerda con la idea de interiorización: arreglar o concertar los huesos dislocados. Y arreglarse, para no parecer desaliñado (desarreglado, desaseado, descuidado.) El aliño (DRAE: 3. disposición para hacer alguna cosa) no deja de ser algo muy personal.

Añejo. Seguramente aquí hay que hacer referencia a ‘año’, pero me parece relativo. En cierto modo puede ser independiente de esta palabra, porque no indica un periodo de tiempo concreto. Añejo: (Casares) Que tiene mucho tiempo. Añejo: (DRAE) (De latín anniculus, de un año.) Dícese de ciertas cosas que tienen uno o más años. Y lo cierto es que un trozo de tocino se puede poner añejo mucho antes de que haya transcurrido un año.
Desde luego no es lo mismo que ‘viejo’ o ‘antiguo’. Hay en la calidad de lo añejo algo reconcentrado, casi siempre un sabor que se ha intensificado, a veces hasta estropearse y, especialmente, por el valor que adquiere ese sabor más acendrado). ¿Se emplea, en sentido estricto, solo con respecto a alimentos que fermentan: vino, queso, embutidos...? ¿Solo con respecto a cosas que estaban vivas?
Añicos. Algo que se hace añicos es algo que se rompe en fragmentos muy pequeños. ‘Añicos’ es una palabra mucho más dramática, por decirlo así, que ‘pedazos’, ‘trozos’, ‘fragmentos’... Los veo plásticamente como cachitos caídos en el suelo, cada uno de ellos con un poquito de vida latiendo en su seno, pero con la imposibilidad de reunirlos para formar la vida completa del objeto. Se aplica también a personas destruidas física o moralmente.
La eñe aquí es el elemento que une esta palabra con otras citadas anteriormente: parece que hay ocasiones en que las personas se sienten  en la necesidad de apañar, apuñar o incluso apañuscar determinadas cosas muy importantes para evitar que caigan y se hagan añicos.
Añil. Qué decir del color añil, o índigo, uno de los más misteriosos tonos del arco iris, puesto que es autónomo e independiente del azul y del violeta. Ese color que, añadido al agua del último aclarado de la ropa blanca, la hace más blanca...

Año. Del latín annus. Creo que es una de las principales ciudades del reino de la Ñ. Aunque Corominas hace derivar la cosa hacia animales de granja que tienen un año (annuculus: añojo), yo veo que la palabra tiene relación con ‘anillo’, o sea, con ‘ano’ (anillo es evidentemente el diminutivo de ano). Anillo es anulus en latín, y ano no lo encuentro en este puñetero y represivo diccionario Spes, de mi época de bachiller, que tiene el Nihil obstat el 21 de Septiembre de 1949 y el imprímase de Gregorio, obispo de Barcelona. Porquería total. Bueno, no importa. Pero si ano y anillo son la circunferencia, año es lo que hay dentro, el círculo.
Ano/año. Parecida a la transposición ene/eñe que se da en cono/coño, anteriormente citada. Es decir, como mi amigo Fernando Sotuela colige con magnífico criterio alquimista, nos encontramos con los dos polos de un mismo concepto, con lo yin y lo yang, lo prominente y lo cóncavo, el continente y el contenido juntos y unidos casi en la misma palabra (el casi se refiere a la tilde de la Ñ). Los conceptos opuestos habrían surgido siempre, como gemelos, de una primigenia unidad.
Porque, desde luego, un año no es tan solo una medida exacta del tiempo, trescientos sesenta y cinco días y pico, o, según la definición del diccionario, el tiempo que transcurre en una revolución real de la tierra en su órbita alrededor del sol. Es justamente lo que puebla, lo que habita esa medida vacía, esas casillas compuestas de días y de minutos, o bien llenos o bien aún por llenar de vivencias pasadas o futuras, de lluvias y de sequías, de venturas y desventuras, de nacimientos y muertes.
Anillo de tiempo, sí, pero con la eñe, para reforzar las connotaciones vivenciales, emocionales que, indudablemente, posee el transcurso del tiempo.

Añoranza: Aflicción causada por la ausencia (Casares). Poco hay que decir de esta palabra que no esté ya dicho en el sonido de esa eñe. Si le quitásemos la primera A se quedaría en “ñorar”. No existe este verbo en el diccionario, pero ¿a qué otro verbo lo asimilaríamos, y tendría casi demasiada carga de compasión? Para dar pistas innecesarias, digamos que Corominas pone en el origen de ‘añorar’ el catalán enyorar.
Hay, en todo caso, suficientes componentes de afectividad, de sentimiento íntimo y profundo, de emoción estancada, como para considerarlo como un perfecto caso de afianzamiento de la hipótesis que queremos demostrar.
Morriña, por cierto, es uno de sus sinónimos, en gallego. Morrer: morir. Murria (Dicc. X. L. Franco): melancolía, tristeza. Morriña (¿murriña?) es su diminutivo, pero reduplica su significado con esa eñe.
Mención aparte deberíamos otorgar a ese sufijo -iño, -iña que, en gallego, es un diminutivo siempre cariñoso pero también profundo, intimista, entrañable, y que se adapta perfectamente a nuestra idea. Pero doctores tienen los gallegos para hablar de ese tema.

Añudar. Ésta es la única palabra que traigo aquí de la A+Ñ que no es importante, es más, me parece que ni siquiera está en uso actualmente, aunque el DRAE no le pone la abreviatura ant., de anticuada. Significa ‘anudar’. Pero una cuerda añudada me parece mucho más difícil de desatar que si solo está anudada.
También tenemos añublar: anublar (o sea, nublarse). La impresión es la misma. Tiene mucha más fuerza la expresión antigua.

Araña. ¿Se podría decir que una araña araña? No es exactamente la acción que más le cuadra. Yo diría que una araña pica, o muerde. Pero, pese a esa similitud (o igualdad, mejor dicho), no buscaría yo por ahí. 
Consulto el Covarrubias, el primer diccionario de la lengua española, que nos dice que proviene del verbo arach, hebreo, que significa ‘tejer’, y además cuenta Ovidio en una fábula que una doncella libia, Arachne, gran hilandera, quiso competir con la diosa Palas, perdió la apuesta y, humillada, se ahorcó. La diosa le salvó la vida pero la convirtió en “el animalejo infecto dicho araña”. Velázquez se inspiró en este mito para pintar sus Hilanderas. Arachne nos puede llevar a Ariadna (también con su hilo para sacar a Teseo del Laberinto del Minotauro).
Hay engaño, triquiñuela, artimaña, añagaza, una vez más. Una sorpresa oculta. Es realmente expresivo que para describir cómo se teje una tela de araña (una trampa mortal para un insecto que caiga en su seno), se utilice la palabra ‘urdir’. Porque, además de telas (con la urdimbre del telar), también se urden trampas.

Arañar es otro cantar. Covarrubias, que es maravilloso, dice: rascuñar, hacer rascuños con las uñas. Y díxose araño de arar, porque dexa arado el cuero. Siempre vamos hacia el interior, hacia lo profundo, aunque sea de la corteza de la tierra, o de la piel. Y cita la prohibición de las leyes de las doce tablas de que las lloraderas o ‘plañideras’ se arañasen la cara en las ceremonias de enterramiento. Debían de dejársela llenas de surcos de dolor (eso sí: a tanto el surco).

Bien. Aquí lo dejamos, por el momento. Sólo añadir un dato curioso que me ha hecho llegar Arsenio, mi amigo asturiano. El concejo de Ponga, cuya capital es San Juan de Beleño, debe de ser la zona donde más se utiliza la eñe. La toponimia del entorno no deja lugar a dudas. Existe una Peña Ñorín, una Collada Ñochendi, La Ñabella, Ñaredi, Ñaceru, Ñazambrales... Y luego, en su habla, han sustituido la ene inicial de muchas palabras por una eñe. Y se sienten tan orgullosos de ello que tienen hasta una copla que dice así:
“Si ñon fuera por el ñon, los ñabos y la ñavaya, xente como la pongueta ñon la había en toa España.”
Me gustaría ir un día a conocerlos. Debe de ser gente tierna, cariñosa y muy suya. Entrañables, vamos.



[1] Cuando comencé este estudio, aún no tenía el DRAE, y menos aún la versión en CD.