18/7/11

L 3 · La L en el artículo

Los artículos definidos (“el”, “la”, “los”, “las”, pero sobre todo el primero, que termina en la propia consonante) tal vez cumplan esta función aliviadora con carácter genérico. Son palabras en sí mismas, individualizadas, es decir que, en el aspecto sonoro, proporcionan la posibilidad de establecer una pausa entre su sonido y el siguiente, pero ahí están, influyendo emocionalmente en la palabra (a la que formalmente definen en género y número) con su peculiar delicadeza y fluidez. Además, como la fonética sabe, al hablar, los artículos se unen en muchas ocasiones a la primera letra de la siguiente palabra. Así, en castellano habitualmente pronunciamos “a latardecer”, “laespuma”, “elseñor”, “eldiente”. Tanto es así que el artículo árabe al, que comparte tantas cosas con nuestro ‘el’, ha pasado a formar parte de muchas palabras castellanas de origen árabe, soldado a ellas, como si dijéramos (como el artículo está soldado al nombre en la lengua de la que proceden), con lo que nosotros reduplicamos el artículo sin saberlo. Hay muchos ejemplos: el ‘alarde’. Del ár. al-‘ard, la exhibición, la revista militar. el ‘alarido’. Del ár. al-garid, la gritería. el ‘albacea’. Del ár. al-wasiyya, el testamento, la disposición testamentaria. Etc...

Escribamos estas dos palabras en la pizarra: “El niño”. Sabemos que el artículo definido ‘el’ aporta el género y el número del concepto que le sigue, ‘niño’, y, lo que es más importante (puesto que, al ser un sustantivo, dicho concepto lleva ya inscritos, en muchas ocasiones, sus propios morfemas de genero y número
[1]), nos indica (en contraposición al artículo indefinido: “un niño”) que tomemos dicho concepto como elemento individualizado, concreto, específico. ¿Podríamos afirmar, entonces, que el artículo definido (‘el’) proporciona una especie de facilitación, de liviandad, al preceder a un concepto (‘niño’) que ya habíamos definido previamente y que debería ser ya reconocible para el que escucha? La idea es sugerente, al menos. Esa L intercalada antes de cada sustantivo definido hace que la conversación sea más fluida, a escala sonora y, por lo tanto, asimismo conceptual. Deslíe, lubrifica el flujo de las ideas, indicando al lector o al oyente que no debe realizar ningún esfuerzo para imaginar otro nuevo niño, que éste del que hablamos es el mismo que aquél al que ya antes habíamos hecho referencia. ¿Será posible que todo esto lo lleve a cabo esa “ele” del artículo?

“Y entonces el niño echó a correr.”
“Y entonces un niño echó a correr.”

La diferencia entre las dos afirmaciones es abismal. En la segunda, surgirá inmediatamente una pregunta: ¿Qué niño? ¿Por qué? Puesto que no ha habido referencia anterior, a no ser que se haya determinado previamente la existencia de un grupo de niños, en cuyo caso la segunda frase quedaría más clara diciendo:

“Y entonces uno de los niños echó a correr.”
De nuevo hemos tenido que colocar esa L del artículo que nos indica (tanto estructural como sonoramente) que el personaje estaba ya identificado de alguna manera en la narración.

¿Y por qué no habrían de transmitirse esas aparentemente infinitesimales pero, como vemos, perceptibles, características sonoras diferenciales a los conceptos que con sus sonidos definen? De hecho así suele ser, como hemos visto en las listas comparativas de arriba, aunque en algunos casos no sea tan fácil rastrearlo.

En este tonto y exagerado ejemplo podremos apreciarlo tal vez mejor:
“La bella damisela tomó entre sus zarpas la perla que su amante le ofrecía...”
No es solamente el concepto ‘zarpa’ lo que nos resulta inadecuado, estridente, absurdo, o al menos paradójico en esta frase. Es que el concepto está estrechamente ligado a los sonidos que lo identifican. Porque sí podríamos decir con mayor coherencia:
“La horrible mujer, enfurecida, lanzó un zarpazo hacia el rostro de...”
 Y a veces hemos oído decir, en tono familiar:
“¡Quita tus zarpas de ahí!”

Mejor aún. Tratemos de imaginar que existe un sinónimo de mano que sea “derra”, por ejemplo, y que es, por las razones que sean, desconocido para nosotros. Podría ser un cultismo, o un localismo... Y oigamos de nuevo la frase primera:
“La bella damisela tomó entre sus derras la perla que su amante le ofrecía...”

Difícil de coordinar sensitivamente el contenido de lo que nos cuentan. Difícil de configurar una representación mental coherente. La R está sobrando, si —y solamente si— estábamos esperando la imagen de unas manos o unos dedos delicados. Y nos costaría menos admitir que, simplemente, desconocíamos el término, pero podíamos completar intuitivamente la frase sin sobresaltos, si en lugar de “derras” hubiésemos leído u oído “delas”, por ejemplo.


[1] En inglés, el invariable artículo the no proporciona información sobre género y número, por ejemplo.

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