24/7/11

R 1 · Diferencias

El sonido simple, el sonido “ere”, que se diferencia del “erre” por el hecho de que la lengua incide sobre la misma zona alveolar del paladar pero solo una vez, es la visión delicada, afectuosa, amable de esa misma cruda realidad. Es la expresión equilibrada y asumida del rigor de las cosas, de la severidad del mundo, del orden con el que hemos organizado el caos (que no deja de ser mágico y desconocido en lo más profundo). Puede ser un sonido incluso muy delicado, muy cariñoso, muy tierno, aunque nos hable siempre de acción, de movimiento. La “ere” es lo que mueve las cosas, lo que mueve la vida, lo que nos mueve a nosotros. En el principio fue el verbo, dice la Biblia, y aunque parezca de una literalidad ridícula (pues, como se sabe, el verbo en primer lugar significa la palabra, el habla: verbo. 1. m. Sonido o sonidos que expresan una idea —aparte de ser ni más ni menos que una de las identidades del mismísimo Dios: verbo. 3. m. Segunda persona de la Santísima Trinidad—), yo estoy tentado de entender la famosa frase como si el cuarto evangelista entendiese de gramática latina y supiese (seguro que la ciencia infusa se lo permitía) que, en cualquier idioma, ahora y siempre, el verbo es el encargado de expresar las acciones, los gestos, las intenciones, todo aquello que signifique actividad, del tipo que sea. Y curiosamente la característica fundamental del nombre de todos los verbos, en castellano, es que llevan una “ere” al final: ...ar, ...er, ...ir. Y en gallego, en catalán, en francés, (y en italiano con una E que la suaviza, como en latín).

Introduzco aquí una larga cita de un admirado lingüista venezolano, porque me parece que viene al pelo:
Goethe, en su Fausto, introducía una variante muy legítima en la traducción del famoso versículo de San Juan: «En un principio era la acción»... Hablar era hacer. La identificación entre palabra y acción, que se encuentra en muchas lenguas antiguas, reposaba en el poder mágico, fáctico, de la palabra: era eficaz, hacía. Poco a poco se separaron las dos actividades definidoras del hombre, y la sensata medianía empezó a decir: res non verba, facta non fabulae («A las obras creo -dice Celestina a una de sus discípulas-, que las palabras de balde las venden dondequiera»). Habían pasado los tiempos en que las palabras eran cosas y las fábulas hechos. «Obras son amores, y no buenas razones», se oye, como si la buena razón no fuera el mejor de los amores, y el amor la mejor de las razones. Ángel Rosemblat - "Sentido mágico de la palabra"

La “ere” final se emplea también para describir al agente de la acción que se cita. ‘Comprador -a’, ‘acomodador -a’... definen casi al profesional, o mejor dicho al que usualmente realiza la acción, al que gestiona el verbo que define la palabra (‘comprar’, ‘acomodar’...)

También está presente en los otros tipos de agentes: ‘Trampero -a’, ‘relojero -a’, ‘torticero -a’ son construcciones semejantes, y con idénticos usos, pero a partir de un sustantivo o un adjetivo en lugar de un verbo.

Pero, ¿qué es lo que hay de profunda e ignotamente activo en el aire, en ese fluido (término éste que ya, conceptualmente, indica algún tipo de actividad, de dinamismo) en el que vivimos inmersos y del que nuestro organismo se alimenta permanente e incondicionalmente? Aire. No es precisa ninguna otra consonante para definirlo. Con la r es suficiente, aunque, eso sí, en castellano acompañada de tres vocales: tres sustancias primordiales (¿cuándo llegaremos a descubrir qué son la energía de las vocales?) activadas holográficamente en nuestra mente mediante este delicado y mistérico combinado sonoro.

También puede resultar muy clarificador estudiar la composición de la palabra ir, el verbo de acción por excelencia (además de hacer). Más simple no puede ser su estructura: una vocal y el sufijo que indica infinitivo, o sea, acción no personal. Naturalmente, es el verbo más irregular de todos, porque si, por ejemplo, intentásemos conjugar el tiempo presente de modo regular veríamos que el resultado era casi impronunciable o, a decir mejor, insignificativo por falta de consonantes, de elementos estructurantes, consistentes: yo ío, tú íes, él ie, nosotros imos, vosotros is —o iís—, ellos íen. Y eso haciendo el favor de dejar la i, que no es lo estipulado (utilicemos como modelo normativo el verbo partir, por ejemplo), porque de no hacerlo así los engendros que obtendríamos serían prácticamente las desinencias puras de las conjugaciones en -ir: es decir, el verbo vacío, el cero absoluto de la tercera conjugación: yo o, tú es, él e ... En una especie de universo lingüístico utópico (o puede que utópico-etílico) se me ocurre que debería existir un terceto lógico cuyas dos patas restantes fuesen los verbos ar y er. Pero no se nos concede tal capricho[1], ea.
Después, en pretérito imperfecto se recupera la normalidad: yo iba, tú ibas… Y también en el futuro: yo iré, tu irás… O sea, que la etiqueta del verbo, el infinitivo ir no está ahí de adorno. El participio es ido, el sustantivo la ida, uno de los imperativos id… Bonito y curioso éste minimalismo significante. Aunque, la verdad, tengo ahora la sensación, a posteriori de estas reflexiones, que en cierta medida estoy aquí alejándome de la consonante ere y pretendiendo más bien el siempre pospuesto intento de comprensión de las vocales (en este caso de la i).

Así que regresemos a la ere. Y observemos que es muy delicado su sonido: ninguna palabra puede comenzar por R simple. Todos sabemos que si colocamos esta letra al comienzo de una palabra, o incluso de cualquier sílaba sin significado conocido, la pronunciaremos como RR fuerte. Tanto en ‘rostro’ o ‘risa’ como en “ruk” (que no significa nada). Naturalmente, si lo intentamos, podemos decir ‘rubio’ con la R suave, y lo cierto es que no resulta demasiado malsonante. El problema surge cuando nos planteamos pronunciarla de esa manera en medio de una frase. Muchas partículas, en castellano, terminan en N, como por ejemplo el articulo indefinido ‘un’, o la tercera persona del plural de todos los verbos (“son”, “tienen”, “están”...) Y ahí surge la dificultad. Es muy incómodo para nuestra conformación bucofaríngea pronunciar la r suave en la expresión “un rubio”. La palabra, así pronunciada, casi se podría confundir con “dubio” o con “lubio”. (De ahí que muchos extranjeros que no pueden pronunciar la RR fuerte se vayan a estos sonidos)

Lo mismo ocurre cuando va seguida de ‘ele’. Es difícil decir “el rey” con R suave. Con S, que es una de las consonantes finales más utilizadas en nuestro idioma (2ª persona del singular, 1ª y 2ª del plural de los verbos, artículos y sustantivos en plural...),  es casi más arduo, porque la lengua tiene que desplazarse hacia adelante, hacia la parte más anterior del paladar y luego, para la ‘ere’, irse hacia el interior, también en lo alto, en un solo toque, en una sola y delicada vibración de la lengua: “es rubio”. Tenemos que detener el sonido “ese” en seco para poder pronunciar la “ere” si no queremos que nos salga algo así como “es-e-rubio”, y resulta muy violento un corte tan abrupto. E incómodo. Sin embargo, con la rr fuerte, podemos hacer la vibración más adelante, casi junto a la zona de la “ese”, o de la “ele”, o más atrás, donde pronunciamos la “ene”: “Es rrubio”. “El rrubio”. “Un rrubio”. En estos casos, se impone la violencia de la múltiple vibración allá donde quiera que se encuentre localizada la punta de la lengua, o sea, en cualquier zona del paladar. Aunque sea a costa de un sutil pero perceptible esfuerzo.

Por eso no decimos ‘honrado’, ‘Enrique’ o ‘sonreír’ más que con RR fuerte, y por eso no existen apenas palabras con LR —cinco o seis en el DRAE (‘milrayas’, ‘malrotar’...), y la única muy usada es ‘alrededor’—, o con SR —45 en el DRAE, todas del tipo ‘desratizar’, ‘desrizar’ “desr...”, excepto ‘israelita’—. En todo caso, tenemos hasta reglas ortográficas que nos eximen de (incluso nos prohíben) intentar pronunciarlas con ere suave.

Para resumir, digamos que el sonido “ere” solo puede ir detrás de vocal (‘dorado’, ‘pureza’, ‘caminar’...) o de consonantes mudas con las que invariablemente forma trabazón: BR, CR, DR, FR, GR, PR y TR.

A estas consonantes, a estos sonidos B, C (=K), D, F, etc..., les añade una vibración de la lengua en lo alto del paladar porque solo con ellas es posible. Como veremos, es lo mismo que sucede con respecto a esa otra única consonante líquida susceptible de formar este tipo de sílabas mixtas, con la L. Ambas son palatales.


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Quizás resulte muy atrevido, pero para describirla de un modo más o menos poético  único modo de profundizar algo en este tipo de aproximación teórica  podríamos afirmar que la “ere” indica la dificultad asumida, el infinitesimal reto cotidiano de la re-spiración (inspirar – espirar [2]), el esfuerzo que aceptamos como inevitable para superar las fatigas de la vida. Sería algo parecido a la idea de manifestación de una energía, imperceptible para la consciencia, que el ser humano precisa poner en juego para superar su tendencia al estancamiento en la primigenia lasitud paradisíaca perdida. La “ere”, casi siempre presente en cada frase que pronunciamos, nos obliga a tomar una postura activa ante las cosas, a abandonar la pereza siempre acechante, siempre anhelada. Pero, por contra, nos estimula, nos empuja, nos motiva. La palabra ‘oro’ es el ejemplo más simple y más certero: en la idea de oro está contenido tanto el esfuerzo por alcanzarlo como la atracción por poseerlo. El ‘ara’ es el altar donde se ‘ora’. Es quizás la representación más sutil y cotidiana del misterio, de lo ignoto de la esencia de la vida: enfrentarse perpetuamente a ese yin/yang que produce el movimiento entre los polos deseo/ansia de equilibrio.
Por eso el sonido suave R va siempre entre vocales o como consonante líquida, es decir, precedida de otra consonante muda, nunca en primer lugar: nos produciría rabia, resignación, renuncia, etc... : va disimulada. Una ere suave al principio expresaría una aún desconocida capacidad de lenificar, de asumir con calma y dulzura el esfuerzo evidente y en infinidad de ocasiones violento de muchas situaciones de la vida cotidiana. Su inexistencia pone en evidencia nuestra escasa preparación para ser condescendientes y amables con los aspectos más crudos de la ‘realidad’ de la vida. Porque la erre es una consonante realista. Sería de otra manera nuestro mundo hispano si pudiésemos pronunciar las palabras ‘rabia’, ‘rencor’, ‘ruido’, ‘romper’, ‘rugido’... (y miles de etcéteras) con una R suave. Porque estaríamos nombrándolas sin agresividad. Evidentemente, es una agresividad que, por ahora, necesitamos.



[1] Piros: fuego. Pira. Se está hablando de combustión celular.
[2] A no ser que el verbo hacer sea en realidad el verbo ar (en los tiempos futuro y condicional se puede sospechar tal posibilidad: yo haré, yo haría…, en lugar de yo haceré, yo hacería…), y el verbo haber sea el verbo er: yo he, tú has, él ha… Curiosa triada fundamental: ar, er, ir, o hacer, haber, ir. ¿Se precisa algo más en la vida?

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